Legará el invierno. Llegará. Y los fieles lectores de la doctrina implacable se postrarán frente al texto casi ilegible por las lágrimas derramadas, tratando de entender el porqué. Buscando las razones que siempre se buscan cuando no se han encontrado. Pero el lamento impide ver, cuando debió verse. Es el tiempo quien da la luz, porque fue allí en el túnel cuando no había luz ni tiempo. Y el tiempo pasa, y los árboles se desprenden de sus caducas hojas, y las células muertas sedimentan de nuevo el barro farragoso del otoño, de caminos mojados y olor a vieja humedad.
Esa humedad en el alma es la que sella eternamente el deseo. Ese olor en la piel es el contrato infinito tras una caricia que se sintió. Ese reflejo impactante de la luz en una mirada es la que graba inmortalmente el vínculo. Esa esencia de la flema tras un escupitajo se tatúa en la piel. Esa culminación juntos es lo que firma el lazo perenne. Esa necesidad del abrazo es lo que te hace temblar al recordar. Ese aroma imperecedero es el sabor en la boca, es la fragancia en el olfato, es la corazonada en el corazón.
No sabes, mientras alimentas el corazón durante un beso, cuando disfrutas de la suavidad de ese bálsamo, que será el último, no hay indicio, no hay presagio de que no volverá a suceder, quizá porque la alquimia de la vida se basa en que no está escrita, y es justo en ese momento, mientras se derrama el escalofrío de los pies al alma, a través de ese beso, cuando se está escribiendo todo.
Yo recuerdo ese último beso, en el último momento, del último día de agosto, sin saber que era el último. Y esa fascinación es la que mantiene el encanto del misterio. Es el hechizo que construye la memoria, es la maravilla del embrujo, lo que significa la atracción eterna. Y ese deseo obra el milagro sólo cuando se sacia. Yo recuerdo ese beso, como recuerdo la humedad que sentía, y ese olor en la piel, y esa cicatriz por llegar, y ese tatuaje sin borrar. Pero no ves la luz en los pasillos del ayer, porque no hay tiempo de luz en el túnel, como no hay tiempo de gloria en la derrota.
Y la alquimia de la vida se basa en que no puedes repetirla, ni con la gloria ni con sus tiempos. No puedes decirle “Tócala de nuevo, Sam” porque incluso jamás Bogart lo pidió. Incluso ni Bogart pidió nunca que Sam repitiera la canción. Así como la vida no se repite. Así como los besos jamás son los mismos.
Fue Ilsa quien tuvo el deseo de que Sam, por los viejos tiempos, la interpretara de nuevo.
“No sé a qué se refiere, señorita Ilsa.” Dijo Sam.
Tócala, Sam. Toca A medida que pasa el tiempo.
No la recuerdo bien, señorita Ilsa, estoy algo oxidado.
Te la tararearé. Dijo Ilsa. Y Sam empezó a tocar y cantar.“Debes recordar esto: un beso sigue siendo un beso…”
Es cuando no entiendes, sin saber por qué, la incapacidad, a pesar de esa necesidad del leyente fiel de las doctrinas implacables para leer, por qué ese corazón no alcanza el siguiente renglón de la escritura que la vida te anticipa. Los dedos se deslizan por el piano construyendo una melodía, los días marcan la luz en el paso de tiempo construyendo la vida, la poesía continúa una palabra tras otra construyendo una emoción, pero sigues sin saber por qué su corazón no alcanzó el siguiente renglón de la sabiduría de la lectura del alma. Podría ser que las lágrimas impiden seguir leyendo, y así se pierde el enfoque, y todo ya es irregular desordenando el camino liso y transparente. Las lágrimas distorsionan la luz aun a pesar de no existir brillo en el túnel.
Llegará el invierno, y el manto de hojas caducas se cubrirán indefectiblemente de otro manto, del blanco de la calurosa nieve de este invierno que ya no será el otro de ayer, donde la calurosa emoción de sus besos cubría el espíritu.
“Debes recordar esto: un beso sigue siendo un beso…” Pero debes saber, que el dolor es que no sabe igual en el resto de los labios.