Fíjate que nos abrazamos como si el mundo fuera a terminarse en ese mismo instante, agarrando la alegría y sintiendo la agonía que ahoga al marcharse.
Reflejó en su mirada la misma elegancia al llegar y al marcharse, al abrir un corazón y al cerrar una puerta, al despegar sus insaciables labios de la copa, al caminar entre las sombras y al traerme su luz, sólo así se abriga el alma en los albores del invierno.
He jugado a despeinarte mientras te divertía despistarme, he probado a perderme sabiendo que ibas a encontrarme, he soñado vivir una vida real sabiendo que existías, y que eras tú quien creaba ese arte y ese arte me creaba y así en bucle, de nuevo hasta pensarte de nuevo.
Fíjate que en la galería escondida están las mejores rosas adornadas de timidez reservadas para las mejores galas, embadurnadas de una mano de nieve aún en otoño, aún en el mundo interior.
Así como las nubes, el mejor lugar para caminar y observarte, dejan ver el sol en las mañanas del otoño, la niebla levanta y la nieve derrite sobre las rojas rosas emanando toda su belleza, tumbados al sol del lago con el bello dibujo del agua sobre el cielo, en ese lago donde un día la casa será el hogar.
Nada más elegantemente bello que el sol llegando a las rosas para despejarlas de ese frío del rocío de la mañana, nada más elegantemente bello que unos labios buscando un beso, que se da sin dar, que se siente sin ser y que se vive por su deseo.
Los besos no se disculpan, se sienten, como la luz no se apaga a pesar de cerrar los ojos. El amor no se elige, te elige, el destino no te elije, se elige. El amor no se sueña, se siente, los besos no se roban, se dan, los días no se van, se despiden, y ella se fue, y nos abrazamos como si el mundo fuera a terminarse en ese mismo instante.
