EN EL ÁNGULO MUERTO DE LA 734
I.
Qué imposible resulta conocer la verdad, porque deberíamos conocer si de verdad existe la verdad. Quizá sólo es un plano de nuestra perspectiva, en el que sólo alcanzamos a ver determinadas cosas desde nuestro ángulo, y jamás el completo. Y tan sólo con nuestros sentidos, y sólo con ellos, sin conocer si existen más, planos, ángulos, percepciones sensoriales, perspectivas…
Me obsesionó encontrar su verdad, y sólo conseguí más confusión. No puedes entrar en ángulos obtusos, cuando son llanos, no puedes encajar ángulos complejos, ni completos, cuando son planos. La geometría de la vida no funciona así cuando los ingredientes son, la ignorancia y las matemáticas. No casan. No funciona. No ha fórmula. No hay. Puedes mandarlo todo al infierno. Aun así, ese jamás será el destino. Puedes perderlo todo, puedes quemar la casa, o incluso saltar por el balcón, da igual, es una casa de planta baja y sólo saldrás al jardín. Puedes inventarte sus tormentas, mañana sólo serán tormentos. Puedes incluso inventar una verdad, pero quizá sólo sea esa tu verdad. Y sólo es verdad si el algoritmo de las matemáticas conjuga el verbo en el ángulo perfecto. Sino sólo será un ángulo muerto.
Y ese es el camino que recorres sin estás en el ángulo muerto.
El ángulo muerto podría ser el sitio perfecto, lejos del perdón y la perspectiva, en la ignorancia y la ignominia de creer que eres el elegido cada día. Pero, el elegido ¿para qué?
Nunca sabes qué hay detrás de la puerta de esa casa de planta baja, donde a veces escuchas gritos sin entender. Tampoco detrás de esa puerta del apartamento de la planta 47, donde imaginaste una fiesta de cumpleaños, y tan sólo viste volar la tarta por la ventana hasta el jardín. Tampoco en la habitación 734, quizá una jaula para el corazón y un escape para el alma. Son siempre los pequeños detalles los que escriben las más grandes historias. Y quizá los mejores silencios, los que escriben las historias más intensas, quizá los abrazos que nunca se dieron fueron los que se sintieron más fuertes.
Ella jamás se fue, fui yo quien la despachó. Ella jamás conoció la verdad. Fui yo quien se la mostré en cada sílaba de los mejores versos. Ella nunca sonrió así, fui yo quien lo descubrió. Ella jamás supo leerme, fui yo quien se empeñó.
Durante la infancia aprendes antes a escupir que a hablar. Durante la senectud vuelves a escupir cuando vas dejando de hablar. Pero esa belleza de las notas de Jazz no te impide disfrutar de la armonía inarmónica, a la vez que ves caer las babas del músico de la trompeta, cruzando el brillo de la luz de los focos, y ves cómo ella observa la silueta del músico que intentó interpretarle una canción, mientras le sonreía una gracia que nunca entiendes. Sólo es Jazz si llega adentro y desordena el orden, sólo es Flamenco si duele, sólo es Blues si te rompe.
Ese día era Jazz. Y esa noche.
La sala y mi espíritu estaban calmados, con esa música afroamericana sincopada llena de swing de Nueva Orleans, improvisada, como la vida, a un volumen que permite escuchar el hilarante ruido de los hielos en el ancho vaso de whisky, donde sólo así se siente de verdad un Monkey Shoulder entrando en el paladar.
Fue ella quien me encañó primero. Nadie dijo que yo no tuviera balas, revólveres y demás munición. Sólo que jamás desenfundo antes cuando amo.
“Es mejor que termine aquí la conversación”, espetó en ese tono amenazante que jamás he soportado en los labios de nadie. Noté demasiado volumen de sangre palpitando desde el corazón, y mi boca se preparó para dirigirla al infierno, pero fue mi alma quien aplacó la idea.
Era la primera vez que esa muñeca, de perfectos operados labios rojos, quien no hacía mucho me había enseñado a besar de una forma que creaba una adición a la altura del Monkey, decidía enfrentarse al tipo que desconocía. Yo disponía de valor suficiente para sobrepasar aquella estúpida prueba, sin embargo, de esa manera me descubrió las cartas que bajo la manga esconden las almas que ya traen dolor en la maleta, y que en cualquier momento vuelven a disparar.
Me hubiera gustado que hubiera sido ella quien me releyera mis poesías, en la noche cerrada, a la luz de la luna, poniendo su voz a mi letra, con el sonido de John Coltrane. Quizá también vestida a juego del color de sus labios, con los que un día descubrí cómo se besa de verdad.
O, mejor dicho, que todo sucediera en aquel atardecer, en aquella 734, aquella habitación donde entraba el mayor brillo de luz que recuerdo en el ocaso.
Volvió de su viaje y decidimos pasar la noche en un gran hotel de carretera, cuidadosamente decorado y con un ambiente selecto para acercar dos corazones que empezaban a alejarse, ya heridos en la batalla, ciertamente resquebrajados, y a los que, estúpidamente, nos obsesionamos sanar. Aun así, la noche nos unió de nuevo, la privacidad de la oscuridad y el ritmo de la respiración, el camino del placer y el deseo de amar. Pero hay heridas que no cicatrizan cuando surgen las tormentas en la cabeza y ves de nuevo el color de una traición. Algo que sólo sacia el placer de escribir y la honestidad de recordar.
En los sueños mojados de su alma disfruté de los interminables días de encanto sofisticado y su cadencia, que saben a poco y son mucho. En sus ojos leí un deseo que quería, en sus manos sentí un abrazo que quería, en su boca sentí un beso que quise, en mi deseo sentí un calor que añoraba.
En su cara vi una orquídea blanca, un amanecer de paisajes brillantes, en su voz escuché una invitación al retorno de aquellos viajes que nos hacían sonreír, cuando el mañana era un trajín diario. En el tranvía del recuerdo llegó su olor a sexo y su cara desencajada después de tocar el cielo…y bailar un penúltimo tango en París sin vaselina y desayunando cruasanes con mantequilla.
Descubrí el erotismo de su voz como se descubren los grandes paisajes, sin prisa. ¡A los mejores escenarios se vuelve, como mañana puede que (ya jamás) vuelva a ella… mientras aquellos días la añoraba un siglo en cada instante!
Me mojé los labios con un cóctel de deseo, mientras escuché cómo se explicaba un corazón que creí sabía buscarme. Hace un rato creí sentir de nuevo sus labios mojados y su ausencia en el corazón. Una ilusión que desconozco si es de verdad. Sentí sus labios mordiendo mi cuello, y fue cuando giré mi cabeza buscando el vaso. Al día siguiente ella me pidió disculpas por intentar encontrar ese beso que esa noche no llegó. Perdón por intentar buscar un beso en mis labios, qué estúpido perdón. Por besar no se pide perdón. Sin embargo, jamás un perdón por observar la silueta del músico que intentó interpretarle una canción sin melodía. Sólo los viejos músicos de Cotton Club ya saben que esa canción no existe en ninguna partitura.
Siempre hay un viaje con retorno, empeñarse en lo contrario es inútil. El corazón es el mejor contrato que conozco. Así que nunca cierro las persianas de las casas que habito, por si acaso mañana vuelvo, para que la luz no deje de entrar. Sólo que debe haber luz para ello, y de eso, los corazones resquebrajados saben poco.
Los viajeros no tienen billete de vuelta, yo tampoco, pero a veces la vida te obliga a regresar, a volver.
Viajo en el tranvía, de noche, con poca luz, lo que no impide echar una mirada al pasado. Ahora que viajo hacia el norte, los sueños de la noche me traen hacia el placer del sur. Pero nunca el placer es de verdad si necesitas mirar en la brújula el norte, de ahí que a veces en la noche, bajas de nuevo al infierno del cubo de la basura, pensando que, entre los restos del naufragio, podrías encontrar la aguja del norte que siempre te da la hora de volver a casa, del retorno. Da igual si viajero o turista.
No recuerdo cuando dejé de ser feliz.
Trato de hacer memoria, pero me pierdo en ese punto. La línea es muy delgada, entre el cielo de la felicidad y el abismo de la pena. Estoy cansado de ver esas sonrisas inversas de falsas sonrisas, y esas lágrimas rebotando en las comisuras de los labios. Ella besaba bien, me enseñó. Siempre debes aprender a besar de nuevo, porque siempre estás aprendiendo. Es cuando crees saber todo, verdaderamente, cuando es hora de volver a casa, porque dejas de ser. Ahí ya estás muerto.
Siempre me llamaron la atención los pianistas de los clubes de Jazz. Incansables, absortos, creativos, y con la tez blanca, de haber pasado muchas horas tocando en locales de noche. Yo recorrí todos esos locales de noche. Y muchas noches. Todas las noches. Al final la vida es un ritual repetido en cada gesto. Esa repetición te entrega la alegría que supone conocer lo que haces, porque antes ya lo hiciste. Les sucede a los pobres, se alegran con el calor, porque siempre recuerdan el frío, no ese frío del corazón que no sabe amar, sino ese frío de la noche cuando nada puede arropar tu alma, y con tan sólo abrir la puerta del local, empiezas a sentir el calor de la armonía de las notas de la música recorrer tus sienes.
Durante esas noches, imaginé sus manos sujetando las notas sostenidas sobre las teclas del piano. Necesitar no te hace más débil. Nadie nace suficientemente fuerte. De la misma forma todos fuimos pequeños alguna vez, y de la misma forma dejaremos de ser alguna vez todos. Sólo importa conocer la verdad. Hay demasiadas cosas que son mentira. No me creo todo, debería ser honesto y decir que no me creo nada, pero lo dejaremos en todo. Demasiados imbéciles llamando a demasiadas puertas de la conciencia. Y la mía está tranquila. Así es como soñé crecer, con la conciencia tranquila. Si vas a llamar a mi puerta sólo espero que sea con un buen mensaje, de otra forma puedes pasar de largo.
II.
Crecimos creyendo que éramos libres, y creer que eres libre ya te convierte en preso de una idea que tampoco es verdad. Aun así, acudimos por las tardes a nuestro club de la libertad. El Candela. Allí abríamos la puerta a un universo que desconocíamos y que cada día era diferente, entre las historias que llegaban a nuestros oídos mientras crecíamos. Allí, todavía, no había pianista de Jazz, pero si los mejores viejos vinilos que llegaban importados del norte de Europa, donde soñamos llegar alguna vez. No todos lo conseguimos, sólo quienes lo creímos de verdad, conseguimos saltar por encima las adiciones del callejón sin salida, en el que cuando entras, no sabes que al otro lado no hay luz, imaginando que la libertad está allí, sin saber que la libertad de verdad sólo está en ti.
Ese callejón, sin salida, entre la muralla y la puerta de entrada a lo desconocido, era más estrecho que el que Newman y Redford atravesaban para dar el “El Golpe”. Y es la vida la que te da el golpe cuando se estrecha el callejón. Nadie, en su sano juicio, debería esperar que los estafadores cumplan su palabra, no está en su naturaleza. La vida si cumple su palabra, a pesar de que la traiciones. Y ella, la rubia de labios rojos y ojos azules, me traicionó, a pesar de no esperarlo. ¡Esa no la vi venir!
Lo peor de la traición no es ver cómo faltan a la lealtad y la fidelidad y rompen esa confianza que se debe a alguien. Lo peor es tener que hace saltar por aires el pacto, el compromiso, el vínculo tácito o explícito que los dioses nos regalaron, bañando todo en un conflicto moral y psicológico profundo, que te lleva al tiempo añadido de juego. Entonces sabes que ese funeral que estás viviendo es tiempo de descuento, antes del final del partido. Tan solo es vivir el luto.
Los juegos se juegan, y eso es lo que haces cuando ves de qué va. A eso hemos venido. Pero el perdón se atasca en la garganta. Y es lo que necesitas, sacarlo de la garganta. Pero siempre había otra cosa mejor que hacer. Recuerdo esa noche, en la 734, cuando ella se sentó desnuda frente a la pared, en el bidé, con las piernas abiertas y miró su sexo, con mucha menos lascivia con la que yo me imaginaba su visión. Comenzó a lavárselo, y yo recorría el recorrido de sus brazos, el destino de sus yemas, musicalizando el morbo de su silencio con la cadencia de mi respiración. Me desnudé. Y me subí detrás de ella al bidé, en su espalda, como subes al sillín de una motocicleta, agarrando fuerte, con miedo a caer, y sintiendo subir. Siempre era su cuello el destino de mi voracidad, el cielo donde llegar, como el final de su espalda era un destino para acabar.
A veces parece, sin soñarlo, que todo es de nuevo. Pero ese abrazo que sientes por detrás te despierta del sueño despierto y se desvanece con la emoción que te embarga cuando conoces todas las cartas del juego, marcadas en exceso, sin disimulo. ¿Qué van a saber de amor quienes no lo tuvieron, ni lo valoraron al recibirlo?
La pluma, el vaso y la unidad de medida.
Las yemas de los dedos de mi mano derecha recorren el vértice del vaso, con la mirada puesta en los hielos desvaneciéndose, imaginando la silueta de sus labios sobre su escotazo. Las yemas de los dedos de mi mano izquierda, aprietan la pluma que escupe su verdad, sobre el folio en blanco iluminado por la tenue luz del apartamento de la planta 47, con la mirada releyendo …
No sé por qué tiene otro color este primer otoño sin ti.
No sé por qué este otoño tiene otro color sin ti.
No sé por qué, sin ti, este otoño tiene otro color.
No sé por qué este color de otoño sin ti.
No sé, sin ti, este otoño.
Sin ti y en otoño.
Otoño sin ti.
Sin ti.
No sé.
La unidad de medida de la grandeza del alma se mide en el pequeño detalle. Y esa era la unidad de medida de ese escupitajo de verdad de texto que acabada de garabatear sobre el folio mi mano izquierda con la pluma. Un texto que no significa lo mismo leer de arriba abajo, que de abajo arriba, y cuya unidad de media es “No sé”.
Y hoy, justamente hoy, el día de los Santos, donde nacen los fantasmas y mueren los muertos,
luna llena. Cuando descubres que amas un alma muerta lo mejor es abandonar. Un alma está muerta por su falta de autocrítica, por su incapacidad de amar, de pedir perdón, cuando alberga afrenta, cuando discute lejos de la empatía, cuando no hay conciencia ni honor. Entonces perdona y huye. Debes conocer el camino, que en realidad no es una huida sino un paso hacia adelante. Sólo se construye una canción cuando pones la siguiente nota en la partitura. De otra forma el músico parará la interpretación sobre una obra musical a la que le faltan las notas para seguir. Y en ocasiones ese es el error, regalar notas a esa partitura. Ese fue su error.
Qué fácil resulta el olvido cuando ves en la cara la traición. Sólo que a veces el olvido viene a acompañarte. El olvido es un enemigo que trata de hacerte olvidar que olvidas. Y se mete contigo en la cama y en el ascensor. Se mete entre tu mirada y el espejo. Se mete en la ducha para ensuciarte los poros. Se mete en el coche y en las canciones de la radio. Y si apagas la radio empieza a cantarte. Porque en eso consiste el olvido, en olvidar que olvidas. El dolor del dolor del olvido es que no puedes olvidar qué debes olvidar y qué no. Le sucede al perro si olvida que es su propio rabo y lo muerde. Sólo para él es su dolor. No sabemos si nos corresponde perdonar, porque nadie nos otorgó la capacidad del perdón, al menos yo desconozco dónde y cuándo se produjo esa dádiva. Sólo a los dioses corresponde perdonar, y a quienes fueron traicionados corresponde olvidar.
La luz de los corazones de verdad siempre brilla, aún a pesar de las sombras, en algunos días de otoño. Pero ese espejismo de otoño se asemeja a esa ilusión óptica en el desierto, por la refracción de la luz. Así con todo, corres hasta el final de la mirada para ver que no hay agua, pero sigue apareciendo al final de la mirada, y jamás llegas al final de la mirada, porque nunca podrás alcanzar el final de tu mirada. No puedes escribir para quien no sabe leer. No puedes cantar para quien no conoce la armonía de la matemática del ángulo, ni sus partituras, y no puedes olvidar que nunca debes regalar una nota a un músico para su partitura. Ella lo hizo.
He aprendido que el mundo necesita héroes. El problema es que, si los que encuentra, no están a la altura, con los mediocres, sirve. Y esa es la unidad de medida ya del resto de todas las cosas. La diferencia es que, si una planta no recibe la cantidad de agua de verdad en la forma y tiempo adecuado, muere. Los mediocres pueden sobrevivir para siempre, porque aun a pesar de fallecer se les recuerda. Y el olvido es irreverente. Es posible que ella no haya olvidado a él, yo tampoco, y tampoco a ella.
III.
Entró en el taxi. Su abrigo rojo, a juego con sus labios, arropaba la imponente figura de su cuerpo hasta debajo de las rodillas, para dejar ver sus medias de otoño. La delantera estaba cubierta a su vez de ocho pares de botones negros a juego con sus negros tacones infinitos.
El sonido turbador del bloqueo de puertas le inquietó. El instinto llevó su mano a tratar de abrir la cerradura, pero las puertas permanecían bloqueadas. Los cristales oscuros no permitían ver desde el exterior su desgarradora estampa golpeando desde en el interior las puertas, el habitáculo blindado no dejaba salir el sonido. El conductor no resultaba visible delante del parapeto que el vehículo disponía entre las plazas delanteras y traseras. El coche comenzó la marcha.
Esa mañana, antes de pedir ese taxi, había recordado su última frase de la noche anterior al tratar de conciliar el sueño, con demasiadas pastillas. “La voz del alma no la calma la farmacia”. La voz intranquila al final del día le hizo repetir su mantra. “Lo intentaré de nuevo mañana”.
Y era esa mañana cuando se disponía a intentarlo. Para eso llamó al taxi. Creía disponer de tiempo suficiente, antes de llegar a su trabajo, para ir hasta la casa de un viejo conocido y comentarle la idea que le atormentaba durante los últimos meses.
Ana Bonhome, Bonhome a secas para su círculo cercano, era empleada ejecutiva de alto rango en un laboratorio internacional, con delegaciones en varias ciudades. Además de su belleza, era conocida por asistir a varios juicios, por conflicto de intereses con otras empresas, en representación de la suya. Se le conocía por su vehemencia, y, sobre todo, era una aficionada con nivel semi profesional a las obras de arte. Durante toda su vida había estudiado en profundidad el arte sacro de las catedrales, y visitado varios países del mundo donde mantenía relación con empresarios de anticuarios y galerías.
Las tostadas a veces se quedan en el tostador.
Pensaba constantemente en esa idea, pero esa mañana además la leche se había quedado en el vaso. Y ella estaba dentro de un coche hacia un destino desconocido, en manos de alguien a quien no había visto.
Vivir mata, y eso es lo que estaba sucediendo en su vida cada día. El trabajo, el divorcio, las adiciones, la ansiedad, las metas frustradas, los bebés que jamás llegaron, las infidelidades, el pasado familiar tormentoso. Su edad no se notaba en su rostro, si en el alma, y en algunas zonas de su cuerpo que bastantes hombres llegamos a descubrir cuando dispusimos del placer de compartir intimidad. Yo vi aquellos escondrijos de su alma y su cuerpo en la 734. Vi la memoria de su piel.
La semana anterior a aquella mañana, acompañé a un amigo al psicólogo. Fue la última vez que la vi. Se había peinado de forma impecable. Y eso dejaba la belleza de su cara aún más expuesta a mi mirada. Caminaba con esa seguridad de la que en realidad no disponía en las distancias cortas, cuando el veneno del amor había traspasado su voluntad. Creo que ese día ella no llegó a verme. Hubiera sido capaz de encontrarla entre la multitud. Su fragancia y su aroma han sido siempre su mejor rastro. Y yo adoro las ciudades que huelen bien. Un hándicap insalvable para quienes pasamos la barrera de la cordura con los aromas. Eso es lo que deja el paso de la vida, el recuerdo de los mejores perfumes, así es como se visten los mejores días, de las mejores esencias.
Bonhome pasaba buena parte de sus semanas preparando maletas, siempre viajando, hoteles, taxis, reuniones, restaurantes, más reuniones y más hoteles. Quizá se había olvidado de vivir. Porque vivir sin recordar no es vivir. Incluso viajar para conocer obras de arte no le permitía desconectar de su verdadera fuente de ingresos y prestigio. Su secta era su empleo, su empresa se había convertido en esa comunidad casi cerrada de carácter incluso espiritual, guiada por unos objetivos para alcanzar entre los adeptos. Los monopolios que algunas empresas ejercen con esa influencia difícil de ver, entre empleados, e incluso clientes, convierte esos vínculos en emocionales y positivos, de los que resulta complejo escapar al otro lado, donde está la libertad.
En el viento de Dylan
Antes de conocer a Bonhome, yo no creía en los cuentos de hadas con finales bonitos, no creía en el beso del protagonista a la cantante del club. Creía en gánsteres duros, capaces de romper la Ley Seca con sus propias leyes. Me gustaban los tipos que redactaban la ley a placer, sin necesidad de cuórum. En la ciudad partida por el río, mientras creces, lejos de la sociedad de consumo y el capitalismo, no conoces el poder de la opresión. Tu autoridad se representa en las hormonas, en ese aumento significativo de testosterona durante la pubertad, que en ese tiempo es tu norte de brújula. Esa es tu rosa, quien te marca el tiempo cuando sopla el viento desde cada dirección. Es el diccionario de Blowin’ in the Wind, el que te ayuda a crecer, cuando sabes que la respuesta, amigo mío, está flotando en el viento. Y Dylan es tu compañero inseparable, por si alguna noche el miedo te aflige. Dylan siempre estaba tan sólo con abrir la puerta del local, en ese calor de la armonía de sus notas, en esa biblia de las mejores preguntas, y en los tocadiscos de los mejores amigos, con quienes aprendimos a afinar las guitarras y los pianos del club, y a componer las estrofas en la dirección de nuestras preguntas al viento.
El río que durante los días de la infancia cortaba la ciudad en dos, servía para refrescarnos en verano, y de pista de patinaje en invierno. Aquellos que tuvimos la suerte de buscar la libertad en esos días a lomos de un caballo, conocimos la dicha de la vida. Nos bañamos en las aguas naturales y soñábamos con ser el pianista del club. En esos días, jamás imaginas aún, que más tarde terminaras frente al rostro de una rubia preguntando ¿Qué esperas de mí? O deseando que el baile de sus manos sobre el bidé no termine jamás. Cuando nadas en el río de la infancia, no conoces el hilo conductor, el guion de los textos que la vida te tiene escritos. Sólo cuando han sido interpretados, conoces los riesgos del callejón de la mafia, de sus designios y de cruzar el río de la libertad.
La noche en la que destrocé la cara al primer tipo de mi lista, sólo estaba acompañado por otro pequeño gánster, a quien yo había considerado siempre mi mejor socio. Esa noche descubrí alguna de sus debilidades, sí que me ayudo a tragar un poco de whisky, mientras tumbado en la calle, sentía ese mal gusto a arena de la acera, a sal del bordillo y a sangre en mi boca. Fueron más de diez tipos los que vinieron a ajusticiar el balazo del puño que había metido poco antes, entre las cejas, a un bastardo con el que tenía una cuenta pendiente. A eso es a lo que aprendes en la ciudad del río, mientras creces, a no dejar nada pendiente. Cayo en seco contra la chimenea del club, muchos pensaron que era un desmayo, pero su banda de ridículos lacayos intentó patear mi cara a la salida. Con paso del tiempo expliqué a cada uno de ellos, cómo se redactan las leyes para que todo salga bien. Entre esas gallinas jamás comentaron que recibieron una lección individual.
Quizá no fue ese momento, ni tan si quiera el más duro de los que vives. He visto el miedo de los hombres más adelante, y ese sí que era de verdad, el terror en sus caras, en los barrios más duros a los que la vida te arrastra a buscar un porqué. He visto arrastrase entre el barro a cadáveres ya débiles para conseguir su pedazo de gloria. Por eso siempre adoré la estética y la ropa ordenada para afrontar cada día el regalo de la vida. Los jerséis de cuello vuelto son mi debilidad. En concreto los grises. Como los días de otoño en los que sales de casa y no sabes lo que va a suceder, y te escondes detrás de una sorpresa. Esa es una de tus responsabilidades. Porque si no, ¿Quién enseñó a un pájaro a ser feliz?
Ojalá nunca te falte el aire
Bonhome había recibido hacía un tiempo, un inquietante mensaje en su teléfono, desconocía el origen y a qué podría referirse. Su vida tenía muchos frentes abiertos y por cualquiera de ellos podrían venir esas amenazas de las que no tenía referencia alguna, pero sí produjo en ella cierto desasosiego, lo que le obligo a mantener mayor alerta en su seguridad.
“Ojalá nunca te falte el aire” decía el texto, sin remitente en el teléfono, a unas horas en la madrugada que sobresaltaron su descanso. Tan sólo leerlo ya comenzaba a causar el efecto de la falta de respiración y un sudor seco en medio de la noche. Mejor no acudir a la policía, porque abrir una investigación supondría abrir muchos frentes, y la discreción siempre fue su máxima.
Los últimos años de su vida habían “cerrado su coño y su corazón”, le contaba a una amiga, mientras yo escuchaba su conversación, sin el menor interés, al otro lado de la habitación, en el hotel. El pasado pesa, te da la forma de lo que eres y te construye con lo bueno y lo malo que vives. Siempre pensé que ninguna de las dos partes de su cuerpo estaba cerrada, sólo que lo importante en esto es que ella lo sintiera así. No conoces nunca el trauma profundo de alguien en su totalidad, ni aún a pesar, de dormir todas las noches bajo la misma sábana.
Cuando sumas años y eres afortunado sumando experiencia, la maleta de tinta se llena y necesitas esculpir, a veces escupir a borbotones, sobre los folios en blanco historias, aun sabiendo que nada es absolutamente definitivo, en un mundo que se rige por leyes secretas imperceptibles para los ignorantes.
Salimos del hotel y vimos a aquel papá, caminaba detrás de la bicicleta montada por una niña con coletas a la que no conseguí verle el rostro, pero que tan solo con su pedalear armonioso consiguió reclamar mi atención.
¿Qué hay más seguro que pedalear delante de la mirada de un padre? Justo en esa seguridad bajo su atenta mirada, y ahí existe el equilibrio entre la emoción del cuidado y la necesidad de atención, y la dependencia de un bebé creciendo en un mundo, en el que no es seguro llegue a conocer sus secretos. Ella seguro que no se percató de ese detalle, posiblemente nunca caminaron detrás cuando alguna vez montó en su bicicleta.
“Te veo mañana”, se despidió rápidamente, antes de perderse entre la multitud. Yo caminé en sentido contrario no sin mirar atrás dos veces, y percatarme de que ella no giró su mirada.
Ella no llegó a su casa, estuve esperando dentro al menos tres horas, el tiempo que tardé en intentar buscar los indicios que me dieran la razón de lo que llevaba tiempo sospechando. Su casa era una belleza en cada rincón, ordenada, moderna, ostentosa, minimalista y con obras de arte de un valor inimaginable, el detalle menos cuidado era la seguridad, cualquiera podría, sin demasiados conocimientos, acceder sin levantar sospechas. Dispuse de una llave durante bastante tiempo, había pagado incluso parte de esa hipoteca y sentía una parte de la casa como mía, una parte que jamás reclamaría. Lo que se regala con el corazón jamás reclama. La casa ya tenía su aroma y estaba impregnada de su estilo. Busqué en los cajones de su ropa interior alguna novedad, eso no iba a confirmar mis sospechas, pero si saciar en parte ese deseo que jamás conseguía saciar con ella. Encendí el tocadiscos del salón y sonó Chet, You Go To My Head, y ella volvió a mi cabeza, sin ni siquiera haberse marchado un instante. La esquina de su mini bar siempre tenía mi coctel favorito, allí sonó esa canción varias veces hasta acabar la botella y la canción. La vida sucede como las canciones y las botellas, al final siempre acaba la canción, el día, la botella, y la vida.