Fíjate que al caer la tarde y llevarse la claridad me iluminó el recuerdo la luz de tu sonrisa, aquella que ya demasiadas veces eché de menos, con ese deseo cuando se marcha la tarde de volver a verte amanecer.
Así es como sentí tu llegada, un nuevo amanecer, con ese inolvidable tacto de tu piel, por esa puerta de la fantasía que abriste, con esa temperatura de paz en el alma y ese calor en tus manos cuando siempre buscaban las mías. Porque jamás me fallaron cada vez que fui a buscarlas para reposar mi emoción, la que paralizaba el tiempo en cada instante al buscar la imponente belleza de tu mirada, en cada paso cuando sentía el pulso de tu corazón a través de la hermosura de tus dedos que siempre apretaban tan fuerte.
Y así sentí tu maravilla de cada cosa en cada parte de ti en mí, y es ahora cuando más estimo el recuerdo, quizá por encima del momento de vivirlo, sin evitar que las hojas caigan de los árboles caducos y nuestros recuerdos se mantengan perennes en el alma.
Y duele porque ya no te busco, ya no te escribo en las servilletas de papel, ya no te dibujo en el lienzo blanco de las nubes, ya no sueño soñarte, ya no te digo la verdad, ya no me miento.
Las puertas se cierran como las ventanas, de golpe, no así el corazón que necesita el tiempo y la calma para fluir de nuevo, mientras se adoran las buenas razones de la senda del amor, en los paseos del alma a la razón.
Y a veces necesitas, porque siempre se necesita. Y si necesitas es desde el corazón, el único lugar donde reside la verdad, donde siempre te he albergado, acurrucada en cada latido de tus sueños, aun a pesar del frío que tuvimos en las noches de hielo.
No es fácil enfrentarse al folio en blanco de la vida cada mañana sin el mañana, pero si necesario, como a veces el llanto pide llamar a gritos, entonces una mano aprieta mi boca para aminorar el llanto, cada uno conoce su patrón y su fórmula, sus leyes y su razón.
Aquí están los restos del naufragio, en esa necesidad de escribir desde el corazón el sentido y la esencia de las cosas, en este ajuste de cuentas, quizá no cualquier corazón puede reposar en el Olimpo de los dioses, en la morada del dolor del horrendo peso del olvido, cuando soñé escribirte las mejores odas, con esa lírica en estrofas de tono elevado, de sueños apasionados de pasión para ensalzar aquella senda que abriste en mi camino.
Y la senda enamoraba al ritmo de los sonidos de la naturaleza, del viento del otoño, del manto verde donde reposar el ritmo del corazón cuando lo necesitaba. Y empezaste a saber que volabas cerca del hogar que alberga el amor del corazón, y llegaste tú y agitaste mi vuelo.
Nuestro delito fue matar tantos vuelos del alma al corazón. Y sólo es perdón si es de corazón. Sólo si es frío es hielo, solo si arde es infierno, solo si vuela es libertad, sólo si es locura es amor.
No debiste romper ninguna de mis razones, si rompes la belleza de la sabia de la rama de un inmenso árbol verde, rompes su verdadera naturaleza. Y en esa naturaleza está la esencia.
Volveré a escuchar la belleza de la armonía en aquellas canciones donde tu delirante fragor convirtió en ruido. La vida te roba la barra de labios y la pasión de los besos, y la vigilia de mis noches, y mi dolor en el pecho, y la ansiedad de mi deseo y el estribillo de mis versos. Y ella abrió su ventana y yo cerré mi puerta.
Sólo el río conoce el cauce, la profundidad, el curso y el devenir de cada una de sus moléculas, es su naturaleza eterna sujeta a las eternas leyes, donde reposa el eterno amor del corazón, sólo es así porque esa esa su causa. El agua fluye de nuevo y los besos vuelven al corazón robándolos del recuerdo, y el tacto es menos tacto y la distancia más distancia, y ya no arropa el ánimo el frío de la noche y el hielo en las manos. Y siempre una lección aprendida al cruzar el río, y siempre distinta en el dibujo de las nubes, porque nunca es igual, jamás es igual porque siempre distinto.
No voy a dejar de sentir lo que quiero, de girar en la curva del viento, de soltar cuando suelto, no voy a pedir que me cuentes tu lamento, porque no voy a pedir. A veces las cosas empiezan y terminan con la misma melodía. Nunca dejaré de soñar porque mi vida es un sueño. Muchas noches me dormí recordando tu voz alumbrando la luna, asegurando lo eterno, sabiendo que en esta experiencia efímera que llaman vida nada es del todo cierto, y en esa, tu promesa, decidí cantarte la melodía más bella, con esa armonía prestada de las notas eternas que antes que yo ya existían. Yo también quise que sintieras ese pinchazo incontrolable en el vientre al recordar cómo parpadean mis ojos cuando acababa de recordarte.
No sé tú, pero yo te voy a seguir soñando.
Siempre es más bello volar desde el cielo.
