El instante dispone de esa magia infinita en todas las cosas, de la misma forma sucede con el pasado y su eterno regalo, y así con el apasionante futuro. Es el hechizo de las ventanas cerradas, de las puertas abiertas, de los suspiros al aire, de las lágrimas en el fluir de los ríos, es el discurrir del juego de la vida…
La quietud, amiga del sosiego, el alma de la tranquilidad, la esencia de la calma, el encuentro en la serenidad, la forma de la paz, desciende en cada gota que da forma al río de la vida, y llega indefectiblemente en cada amanecer, en la imperturbabilidad del ocaso.
A veces se hace la tarde en el amanecer y la mañana en la noche, a veces los relojes no marcan las horas, a veces el tiempo no existe, a veces los segundos son eternidades, y siempre es la vida.
Hay corazones que sólo aman en el dolor, pero como los amaneceres, sólo existen de verdad si llega la luz. Y esa es la luz del deseo, sólo ese deseo ilumina las cosas que nuestra alma dibuja, cuando dibujamos la existencia. Sólo esa pasión es verdadera si es infinita, sólo esa es la culminación de todas las cosas.
¿Sabes cuál es la distancia perfecta para un beso, pensó? Para algunas cosas la distancia infinita es la medida perfecta.
Y esa es la distancia a través del otro lado en las ventanas cerradas, en los corazones del dolor, en el amor que no ama, en la pasión que no traspasa, solo en las puertas abiertas entra el placer.
Caminé durante algunos siglos pensando en el valor de un segundo, es ahí donde permutan todas las cosas, y fíjate cuantos segundos dan forma a los siglos, cuantas lágrimas dan forma a los ríos, cuantos rayos componen la luz, cuantas noches soñé que vendría… Cuantas veces supe que no sería.
En el albor del adiós los dioses recogieron sus cosas, decididos al ver que el escenario del paraíso de cuento no había sido habitado, y aquellos enseres se desvanecieron.
Adoro la forma en la que cada día amanece en el eterno retorno del todo y los rescoldos del ayer, que son el hoy, adoro la forma en la que la luz se sostiene en el amanecer, en ese hecho futuro cierto que acaece gratuitamente para poder observarlo.
Las ventanas no se cierran, de la misma forma que las puertas no se abren, los ríos fluyen para vivir, las risas nacen para dibujarse, el placer no nace para matar el dolor, los labios solo saben de besos, la piel solo sabe de calor, como el alma no vive sin ardor.
Caminaré durante otros siglos hasta arder de nuevo, pero solo sé que quiero arder, arder en esos rayos de la luz del amanecer, abrazando el eterno deseo al deseo. Y es así como verdaderamente lo deseo.
