He aquí un viajero,no sólo de carretera, sino de emociones entre el alma y el corazón, en ocasiones poeta, otras rokero, guerrero, casi siempre pensador, y siempre amante de la naturaleza…
He aquí un viajero,no sólo de carretera, sino de emociones entre el alma y el corazón, en ocasiones poeta, otras rokero, guerrero, casi siempre pensador, y siempre amante de la naturaleza…

Había una vez…

Había una vez una bellísima princesa que vivía en un idílico mundo aún por descubrir. Durante mucho tiempo había estado tan oculta que ni si siquiera ella misma se conocía. Había sufrido bastante durante ese cautiverio del que su alma quería salir, aun así, la belleza de su corazón no se había visto demasiado alterada.
La princesa vivía cautiva en una emoción que la mantenía bloqueada, se trataba de ese comportamiento que refleja a alguien que cree haber visto algo del más allá para lo que no tiene una explicación y que parece haber perdido la respiración para siempre. Como ese suspiro que nunca termina de exhalar.

Sus ojos eran azules, de una magnitud indescriptible y su pelo largo y rubio sedoso producían esas ganas de acariciarlo sin soltarlo jamás. Como el tacto de su piel, como el calor de su cuerpo, adictivos. Era la princesa que todo cuento quiere tener como protagonista.

Vivía entre manzanos y prados verdes, caminaba con lentitud y analizaba cada suceso de la naturaleza. Sus oídos siempre estaban prestos para escuchar y así lo hacía con la mirada, dirigiéndola a cada cosa que sucedía alrededor.
Cuando respiraba, el oxígeno atravesaba sus labios rosáceos hacia adentro retrotrayéndolos, y sus fosas nasales oscilaban al compás del aire, describiendo un ritmo cadencioso que producía una infinita paz.

– Siempre elijo libros de historias tristes -, pensó de nuevo, una vez que descolgó de la biblioteca en su tercera y polvorienta repisa un libro de terciopelo de tapas verdes, que evocaba al musgo por el que caminaba, y cuya cubierta tenía una reliquia de orfebrería en plata preciosa que se asemejaba a un inquietante y enigmático escudo heráldico.

Pasaba eternas horas leyendo y releyendo libros de la inmensa biblioteca, acariciando sus tapas, oliendo su humedad, y levantando la vista para sacarla a través de los ventanales de madera y traspasar con ella el horizonte hasta llegar a sus sueños, que siempre estaban mucho más lejos de allí.

Soñaba con príncipes, con dragones, con guerras heroicas, con mundos del más allá, donde lo efímero y lo eterno coincidían en cada dimensión.

Qué bonito es soñar y ser consciente, qué bonito es despertar para seguir soñando, que delicado es poder sentirlo. Qué difícil es traspasar ese suspiro que bloquea el alma y te mata en vida.

La luz en la biblioteca traspasaba la ventana con sus rayos hasta el suelo, y los pasos de la princesa levantaba el polvo que dibujaba figuras etéreas a través de los rallos de luz, una maravilla de composición tan hermosa como fugaz.

La princesa preguntó al Príncipe. ¿Voy a olvidarte algún día?

El príncipe era un joven moreno, fornido en un cuerpo con una composición simétrica en cuyas formas alguien podría perderse por la perfección de la proporción. Era la referencia de todas las cosas, por la armonía de su voz y de sus facciones, de su cadencia en la mecánica de todos sus movimientos, valiente y fuerte, culto y apuesto, sin embargo, la princesa de forma enigmática no estaba enamora de nada que tuviera que ver con todo ello, y sin embargo creía morir de amor en cada instante por él.

Quienes lo conocían de forma más cercana aseguraban que había escrito muchos de los libros que la princesa leía en la biblioteca, y contaban tambíen que por las noches salía del palacio para luchar contra los fantasmas que atenazaban el miedo de la joven, para aplacar el calor de la lengua ardiente de esos dragones que abrasaban los pensamientos de la princesa. Sin embargo, a pesar de la valentía del príncipe, y del cuidado por ella, jamás consiguió entender qué emociones encandilaban a la princesa para ir muriendo de amor…

Una mañana salió montando en su caballo del palacio, se dirigía cabalgando por el campo hasta el río y las nubes se abrieron. De entre ellas surgió una cara que representaba la belleza más grande jamás vista y descendió hasta sus pies mientras le preguntó qué deseo le gustaría ver cumplido. De forma inmediata pensó que necesitaba liberar a la princesa de todos sus miedos, de todas las sombras y hacerla libre para poder volar, incluso del amor invisible que por él sentía, y asi permitirle poder llegar algún día a esa plenitud que llaman felicidad, de la que todo el mundo hablaba en el reino, pero que nadie conocía completamente.

La cara escuchó su deseo y se desvaneció justo antes de desaparecer.
No estaba muy seguro de haberlo vivido o de si se trataba de su imaginación deteriorada por el enorme calor que desprendía el sol en la belleza de un radiante día de verano.

Al terminar el paseo volvió al Palacio y encontró a la princesa tumbada en la cama, en silencio, ni siquiera desvió la mirada ante su llegaba.
El príncipe se postró ante ella y le preguntó si se encontraba bien.
Ella exclamó de nuevo “¿Voy a olvidarte algún día? “

Él sabía que eso jamás iba a suceder , porque había compuesto cada vibración en el alma que construían sus células, porque había escrito los libros que ella había leído, porque había pintado la luz de cada día en su vida, porque había insuflado el aíre que daba forma a su espíritu, porque había matado los dragones del ayer, porque había dibujado el lienzo de sus caminos, porque había jugado a crear las estrellas en las que se columpiaban, porque había pintado en su alma con todos los colores, porque vivir siempre le recordaría a él, porque no hay fórmula para olvidar cuando vivir es ser. Porque incluso al morir tambien se arrastra todo eso que ya se ha creado.

“No sé si vas a olvidarme algún día”, le contestó, pero quizá es más importante todavía que sepas de verdad qué es el amor.

De nuevo volvió a salir del castillo montado en su caballo para llegar hasta ese lugar donde había aparecido la cara de la belleza indescriptible. Y sí, allí estaba, esperando que volviera.
“¿Sabrías que vendría verdad?” Dijo el príncipe.

” Si” respondió la nube con forma de bello rostro de mujer.

“Lo sé “dijo él.

“¿Por qué pediste ese deseo dijo la cara? “
“Porque es el único que no se puede cumplir” dijo el príncipe.
¿Y por qué lo has malgastado?
No lo he malgastado, necesitaba saber que era imposible, le respondió.
¿Y el resto de las cosas son posibles?
Si, todo lo demás es posible.

¿Y por qué es imposible?

Porque sólo si es posible es de verdad, y si es de verdad es para siempre.

De vuelta al palacio comenzó a llover como nunca, gotas de agua de un tamaño inusual.

La princesa que adoraba los cuentos los terminó odiando, porque son los propios cuentos quienes matan a las princesas que no aman de verdad.

Sabía que eran lágrimas, lágrimas derramadas, lágrimas de dolor, como ese suspiro que nunca termina de exhalar.

Ya en el Palacio, el príncipe buscó por todos los lugares a la princesa, pero ella ya no estaba, el cuento había acabado.

 

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