He aquí un viajero,no sólo de carretera, sino de emociones entre el alma y el corazón, en ocasiones poeta, otras rokero, guerrero, casi siempre pensador, y siempre amante de la naturaleza…
He aquí un viajero,no sólo de carretera, sino de emociones entre el alma y el corazón, en ocasiones poeta, otras rokero, guerrero, casi siempre pensador, y siempre amante de la naturaleza…

El Peso del Olvido

Amanece en Paris. La lluvia arrastra la niebla y la Torre Eiffel queda desnuda dispuesta a ser observada. Sobre mi mirada recae el peso de sus 10.000 toneladas y consigue vencer mis fuerzas. La atracción al vacío hormiguea en mis sienes e irrumpe un frío temblor en mi cuerpo.

En el antiguo café de Los Campos Elíseos suena el canto de un drama en una de las mejores operas que se hayan compuesto jamás. Imposible no mover el corazón a su ritmo, y las manos. La mitología griega eligió Les Champs-Elysées para la morada de los muertos, un edén sólo reservado a las almas virtuosas. Es el paraíso de los creyentes.

No sé muy bien qué hago en la más hermosa avenida del mundo con esta fe tan debilitada, apenas creo. Para llegar a esta morada debía beberse agua en el río Lete. Sólo así podían las almas olvidar su paso por el infierno. Ojalá yo pudiera beber unas gotas de ese río para olvidar. En la vida, como en la ópera, es preciso que la poesía sea hija obediente de la música, es necesario que el olvido sea el guardián de nuestros rincones de dolor. Es necesario que el alma y el corazón sean hijos obedientes de la razón. Pero, ¿Cómo olvidar que se amó y que se ama?, Qué imposible resulta el peso del olvido.

I.

Llegué a París cuando el invierno estaba metido de lleno en mi corazón, cuando los árboles parecían dispuestos a no volver a dar fruto, cuando los jardines hacía tiempo que habían terminado su temporada y las rosas permanecían escondidas. El temor también hace que la naturaleza se prevenga y huya. Las notas de Sigfrido, de la ópera de Wagner, son un martillo repetitivo sobre mi yunque, como Mime, hermano de Alberich en la obra, quien forja una espada dentro de su cueva, en el bosque; No he conseguido forjar la mía para defenderme del ataque directo al corazón, de ese frío filo helado que consigue rajarte y agrietarte el alma, atrapando las entrañas.

Y esas notas martillean mi cabeza mientras observo varios talleres de artistas en el Boulevard du Montparnasse, en los límites de París. Llegué a la ciudad del amor para borrar de la memoria tanto apego. Decidí dejar de querer cuando más quería. Siempre huyendo, como un cobarde vencido. Hace demasiados marzos decidí desnudar mi alma hendida, y entregarme a la poesía que nacía de mis días, y de mis noches, de su aroma y de sus besos. Ahora el relato nocturno es el de una alcoba vacía regada de llanto y añoranza.

Qué sería la belleza sin grotescos paisajes, qué sería el amor sin el dolor, qué significaría la palabra sin el silencio, qué sería la vida sin la compensación.

Y para compensar mi amor llega el olvido, pero ¿Qué se necesita para compensar su peso? ¿Cómo?

Paris es ese cuadro de Charles Antoine que muy pocos hemos visto, en el que unas flores comienzan a secarse, y sus colores se apagan hasta su desaparición. Las pinturas y sus trazos están grabados en mi mente, como las voces de un amor que tratas de sofocar. Reconozco haber pasado media vida tratando de olvidar, pero al final se ha convertido tan sólo en un ejercicio de recordar que olvido. Recordar que deseas no querer cuando se quiere, es seguir dando matices al amarillo del cuadro de Charles, es volver a llamar para decir que quieres olvidar, es sentir de nuevo el martilleo repetitivo sobre el yunque.

Las luces amarillentas y anaranjadas comienzan a dormitar sobre el río, la tarde toma forma y los cisnes descienden inmensos sobre las aguas calmadas del Sena. A las orillas de la corriente pasean decenas de almas solitarias, pensativas, rebosantes de esa serenidad que tanto ansía el corazón derrotado o herido. El lento fluir de las aguas rompe el exacto silencio y yo recuerdo que quiero olvidar, entonces la carga vuelve a hacerse pesada.

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